La Renga en Huracán: volvieron “las noches de estrellas”

0
389

Con cuatro inolvidables conciertos, el trío de Mataderos retornó a los escenarios porteños. Tras idas y vueltas con las autoridades, la fiesta tuvo su lugar.

Por Andrés Birman / @AndresBirman
Fotos: Jairo Pérez

Para entender por qué la seguidilla de shows que La Renga redondeó el miércoles en la cancha de Huracán tiene carácter de histórica, habrá que repasar ciertos aspectos. Durante los últimos meses, el trío de Mataderos persiguió un objetivo: retornar a los escenarios porteños luego de una década de ausencia. La presentación más convocante de su carrera –el 17 de noviembre de 2007 en el Autódromo Gálvez- significó el comienzo de una inesperada distancia con la ciudad que los vio nacer.
¿Qué hizo la banda durante este tiempo? Publicó dos discos (“Algún rayo” y “Pesados vestigios”), se acercó a los pioneros del rock nacional, giró por todo el país y trasladó consigo a una masa de rockeros con ansias de verla. Mientras tanto, en una Buenos Aires esquiva, sólo apariciones sorpresivas en festivales le permitió, cada tanto, mostrarse en sociedad.

A comienzos de junio, Defensa Civil y la policía de Buenos Aires recomendaron que el reencuentro no se realizase. Muy pronto, el gobierno no dio lugar al pedido de la productora Rock & Reggae para montarlo y todo quedó en la nada. Desde entonces, colegas, periodistas, fanáticos y gran parte del ambiente se solidarizaron con los músicos. Empezó así una nueva serie de negociaciones que llegaría a buen puerto, con el anuncio de cuatro visitas a la cancha del Globito.
En cuestión de horas, los tickets se agotaron y la lupa se puso sobre la organización, el operativo y cómo anular la posibilidad de desmanes que tanto atemorizaba a algunos sectores. En once días, cuarenta mil espectadores disfrutaron a La Renga en cada oportunidad y sin inconvenientes. Muchas de las canciones que sonaron en este ciclo tuvieron, recién ahora, su estreno en estas latitudes.

Miércoles 9 de agosto: el cierre perfecto

En las horas previas al plato fuerte, el estadio Tomás Adolfo Ducó se preparó de la mejor manera posible. Alejandro Medina (quien formó parte de Manal, La Pesada del Rock and Roll y Aeroblues) tocó con su banda ante un campo y tribunas que se poblaban lentamente. Apenas apareció, se dirigió a los presentes: “Espero darles lo mejor mi música” y logró su cometido. Fueron de la partida clásicos de la talla de “Tontos” y “La maldita máquina de matar”. Sobre el final, y luego de confesar que él también quería ver “a La Renga en acción”, dejó ver que estaba profundamente emocionado.

Diez minutos antes de las 22, con el estadio de Parque Patricios colmado, se apagaron todas las luces. Fue instantáneamente que los celulares y las cuatro pantallas laterales iluminaron la noche. Mientras tanto, Chizzo (guitarra y voz), Tete (bajo y coros) y Tanque (batería) tomaron sus puestos y los primeros acordes de “Corazón fugitivo” desataron la euforia que se sostendría durante dos horas y media. De entrada, fue notable la nitidez del sonido, que no tendría fisuras en ningún momento. Luego de “Almohada de piedra”, el público se preguntó: “El que no grita La Renga ¿para qué carajo vino?”. Le siguió “Nómades” y el primer guiño del líder y principal compositor: “Épocas bravas estas. Buen momento para sentirme a tu lado”. Durante la canción que abría “Detonador de sueños” (2003) se proyectaron fotos de fanáticos que inmortalizaron en su piel el logo de la banda. Desde el tablado, no había intenciones de aminorar la marcha y desde el campo tampoco, así que “Muy indignado”, “Detonador de sueños” y “El twist del pibe” cayeron como anillo al dedo para que la fiesta continúe.
“Motoralmaisangre” fue regalada a “todos aquellos que vinieron a ver cómo es en Capital” y significó el primer ingreso a escena de Manu Varela y su armónica. Pronto también iba a tocar su saxofón en “Cuándo vendrán”. “Tripa y corazón” fue el preámbulo para que subieran Las Cucarachas de Bronce, una sección de vientos que aportó su color a varias canciones e hizo que ganaran -aún más- fuerza. Con la misma intensidad, “La vida, las mismas calles”, “En los brazos del sol” y “En el baldío” precedieron a “la partecita más suave”, que incluyó al máximo hit de La Renga en sus casi 30 años de historia (“La balada del diablo y la muerte”) y uno de los tramos más nostálgicos del show: “No sé si alguno vio la luna hoy. Yo la vi posada sobre los techos de Pompeya. De verdad, eh” y todos los presentes cantaron “Voy a bailar a la nave del olvido”. Al concluir, el vocalista -como en una devolución de gentilezas- señaló que ese coro estuvo “muy bien”.

“En estas cuatro fechas venimos desempolvando temas, no se pueden quejar. Le venimos dando al plumero como loco. Mirá este”, comentó Chizzo antes de “Somos los mismos de siempre”. El track del debut discográfico y una de las grandes sorpresas de este banquete mostró a los miembros muy juntos, como en las épocas en que los escenarios no tenían la magnitud que exhiben en la actualidad. Luego, arremetieron con una catarata de imbatibles; “Desnudo para siempre (o despedazado por mil partes)”, “Al que he sangrado” y “Lo frágil de la locura”. Esta última fue “dedicada a Santiago Maldonado, ¡que aparezca, por favor!”, en referencia al joven de 28 años visto por última vez en Chubut, cuando Gendarmería desalojó una protesta de mapuches que reclaman sus tierras. Inmediatamente, siguieron con “Bien alto” y “Arte infernal”. Habían pasado más de veinte canciones, pero quedaba más. “Oportunidad oportuna”, que permaneció inédita hasta que vio la luz en “Insoportablemente vivo” (2001) fue muy festejada. Y antes del intervalo, “El rey de la triste felicidad”, “Oscuro diamante” y “La razón que te demora” dejaron claro que los espectadores estaban lejos de cansarse.

Hubo quince minutos en los que sobre el escenario desfilaron asistentes, pero no hubo música. Fue un cuarto de hora en el que el viento empujaba las banderas que contaban desde dónde habían llegado muchas de las 40 mil personas que presenciaron el recital. ¿Las más notorias? Merlo Norte, Solano, Puerto Madryn, San Fernando, Castelar, Tortuguitas y Claypole, que se mezclaban con una que tenía la leyenda “Macri gato”.

Poco después de la medianoche, llegaron los bises. Y, como era de esperarse, el cierre fue a puro pogo. El primero fue “Panic Show”, con Nacho Smilari (“la reliquia viviente”), guitarrista de Vox Dei y La Barra de Chocolate, con un solo épico. Además, sonaron una gran versión de “El revelde” y otra de las más celebradas: “El final es en donde partí”. Pero no era el cierre definitivo. Antes llegaron los emotivos agradecimientos “a todos los que nos ayudaron para que esto sea posible; amigos, periodistas, ustedes. Fueron cuatro fechas alucinantes, memorables porque volvimos a nuestra casa. La tuvimos que remar, pero acá estamos. Hay mucha hermandad acá arriba”. Entonces, la última fue la última de siempre, una de las mejores canciones del grupo: “Hablando de la libertad”, que mientras avanzaban sus estrofas, de a poco, se encendían las luces de Huracán.

Rumores, desmentidas y confusión. Negativas, habilitaciones y alegría traducida en tickets que duraron pocas horas en venta. Algo de lo mucho que dejaron las cuatro merecidas e históricas noches en Capital Federal de una de las bandas más grandes del país luego de una década. Un regreso esperado luego de un distanciamiento difícil de justificar y que hoy es cosa del pasado. “Parecíamos una banda extranjera”, se apuntó cuando este ciclo comenzaba. Finalmente, La Renga volvió y fue más local que nunca. Una fiel muestra es el anuncio de dos nuevos conciertos, en la misma cancha, pautados para el 26 y 30 de agosto. Con buenos resultados a la vista, queda la sensación de que puede ser costumbre de ahora en más.

SUINRADIO / SuinRadio.com

Dejanos tu comentario